Filipo: Un puzzle de alegorías.

Como plasmó el autor barroco Pedro Calderón de la Barca en El verdadero dios Pan:

La alegoría no es más
que un espejo que traslada
lo que es con lo que no es,
y está toda su elegancia
en que salga parecida
tanto la copia en la tabla,
que el que está mirando a una
piense que está viendo a entrambas.

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Su responsable la define como un drama: “Una obra trágica por la cual la gente se lleva sensaciones y que a su vez, les hace reflexionar, no tanto para llevársela al ámbito de la crítica”, opina Carlota.
Filipo está en boca de personajes que viven situaciones extremas llevando al espectador a absurdos (o no tanto) divertidos, al tiempo que hacen recapacitar sobre el sentido de la vida y nuestra manera de relacionarlos (o no) con sarcasmo, ironía, causticidad y una dosis de pena.
Filipo presenta una dicotomía concurrente en la obra, ensalzando las más dispares opiniones por parte del público, que no se quedó indiferente durante toda la obra.

En esencia, el espectáculo es una amalgama heterogénea de sentimientos encontrados, que expresan de una sola vez la desazón, la rabia, la impotencia, la alienación de las masas así como el borreguismo, propugnado por un alentador nato, el presentador – Iván Fernández-, que se metió al público en el bolsillo con su sagaz jerga burlesca que hacía del más desvalido, insignificante y sumiso, el mayor objeto de burla. Unos sentimientos que hacen cada vez más estrecha la loseta que se encuentra entre el camino de la vida y de la muerte. Cómo alguien predispone su vida a hartazgos momentáneos, que le llevan en distintas ocasiones al caso más extremo. Al suicidio.

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Estos son uno cuantos temas que alberga Filipo – al estilo de Roberto Zucco, obra de Bernard-Marie Koltés, por sus ritmo rápido y sus situaciones expresionistas al estilo “Stationer drama” como aciertan en calificar los ávidos teutones.
Esta última referencia le da a la obra un simbolismo o una significación connotativa de valor social desenmascarando los males que nos afectan hoy día.

Eso mismo es lo que quiso reflejar la protagonista de hoy: Carlota Berzal. Con tan solo 21 años cuenta ya con una larga trayectoria a sus espaldas en lo que a las tablas se refiere. Afianzada ya en el mundo del baile (estudió en Buenos Aires, en el seminario de investigación en danza contemporánea o hip hop y popping con Masterclass de Jun Quemado incluida) y sin dejar de contar su dilatada experiencia en el mundo del teatro, que le ha llevado a ser integrante de proyectos escénicos como “Alquimia Project” o también partícipe de la obra “Mounstruo” de Ricardo Mena. El currículo ahora se ha extendido hasta poder llegar a denominar a nuestra coterránea como autora de su propia creación, como dramaturga, que suena más concluyente, tan segura de sí misma y de vuelta de muchas cosas.

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